martes, 25 de febrero de 2014

El bigote del tigre



Anónimo coreano 

Una mujer joven llamada Yun Ok fue un día a la casa de un ermitaño de 
la montaña en busca de ayuda. 
El ermitaño era un sabio de gran renombre, hacedor de ensalmos y 
pociones mágicas. 
Cuando Yun Ok entró en su casa, el ermitaño, sin levantar los ojos de 
la chimenea que estaba mirando, dijo: 
-¿Por qué viniste? 

Yun Ok respondió: 
-Oh, Sabio Famoso, ¡estoy desesperada! ¡Hazme una poción! 
-Sí, sí, ¡hazme una poción! -exclamó el ermitaño-. ¡Todos necesitan 
pociones! ¿Podemos curar un mundo enfermo con una poción? 

-Maestro -insistió Yun Ok-, si no me ayudas, estaré verdaderamente 
perdida. 
-Bueno, ¿cuál es tu problema? -dijo el ermitaño, resignado por fin a 
escucharla. 
-Se trata de mi marido -comenzó Yun Ok-. Tengo un gran amor por él. 
Durante los últimos tres años ha estado peleando en la guerra. Ahora 
que ha vuelto, casi no me habla, a mí ni a nadie. Si yo hablo, no 
parece oír. Cuando habla, lo hace con aspereza. Si le sirvo comida que 
no le gusta, le da un manotazo y se va enojado de la habitación. A 
veces, cuando debería estar trabajando en el campo de arroz, lo veo 
sentado ociosamente en la cima de la montaña, mirando hacia el mar. 

-Si, así ocurre a veces cuando los jóvenes vuelven a su casa después 
de la guerra -dijo el ermitaño-. Prosigue. 
-No hay nada más que decir, Ilustrado. Quiero una poción para darle a 
mi marido, así se volverá cariñoso y amable, como era antes. 
-!Ja! Tan simple, ¿no? -replicó el ermitaño-. ¡Una poción! Muy bien, 
vuelve en tres días y te diré qué nos hará falta para esa poción. 

Tres días más tarde, Yun Ok volvió a la casa del sabio de la montaña. 
-Lo he pensado -le dijo-. Puedo hacer tu poción. Pero el ingrediente 
principal es el bigote de un tigre vivo. Tráeme su bigote y te daré lo 
que necesitas. 
-¡El bigote de un tigre vivo! -exclamó Yun Ok-. ¿Cómo haré para 
conseguirlo? 
-Si esa poción es tan importante, obtendrás éxito -dijo el ermitaño. Y 
apartó la cabeza, sin más deseos de hablar. 

Yun Ok se marchó a su casa. Pensó mucho en cómo conseguiría el bigote 
del tigre. Hasta que una noche, cuando su marido estaba dormido, salió 
de su casa con un plato de arroz y salsa de carne en la mano. Fue al 
lugar de la montaña donde sabía que vivía el tigre. 
Manteniéndose alejada de su cueva, extendió el plato de comida, 
llamando al tigre para que viniera a comer. 
El tigre no vino. 

A la noche siguiente Yun Ok volvió a la montaña, esta vez un poco más 
cerca de la cueva. De nuevo ofreció al tigre un plato de comida. 
Todas las noches Yun Ok fue a la montaña, acercándose cada vez más a 
la cueva, unos pasos más que la noche anterior. Poco a poco el tigre 
se acostumbró a verla allí. 
Una noche, Yun Ok se acercó a pocos pasos de la cueva del tigre. Esta 
vez el animal dio unos pasos hacia ella y se detuvo. Los dos quedaron 
mirándose bajo la luna. Lo mismo ocurrió a la noche siguiente, y esta 
vez estaban tan cerca que Yun Ok pudo hablar al tigre con una voz 
suave y tranquilizadora. 
La noche siguiente, después de mirar con cuidado los ojos de Yun Ok, 
el tigre comió los alimentos que ella le ofrecía. Después de eso, 
cuando Yun Ok iba por las noches, encontraba al tigre esperándola en 
el camino. 
Cuando el tigre había comido, Yun Ok podía acariciarle suavemente la 
cabeza con la mano. Casi seis meses habían pasado desde la noche de su 
primera visita. 

 Al final, una noche, después de acariciar la cabeza del animal, Yun 
Ok dijo: 
-Oh, Tigre, animal generoso, es preciso que tenga uno de tus bigotes. 
¡No te enojes conmigo! 
Y le arrancó uno de los bigotes. 
El tigre no se enojó, como ella temía. Yun Ok bajó por el camino, no 
caminando sino corriendo, con el bigote aferrado fuertemente en la 
mano. 

A la mañana siguiente, cuando el sol asomaba desde el mar, ya estaba 
en la casa del ermitaño de la montaña. 
-¡Oh, Famoso! -gritó-. ¡Lo tengo! ¡Tengo el bigote del tigre! Ahora 
puedes hacer la poción que me prometiste para que mi marido vuelva a 
ser cariñoso y amable. 
El ermitaño tomó el bigote y lo examinó. Satisfecho, pues realmente 
era de tigre, se inclinó hacia adelante y lo dejó caer en el fuego que 
ardía en su chimenea. 
-¡Oh señor! -gritó la joven mujer, angustiada- ¡Qué hiciste con el 
bigote! 
-Dime como lo conseguiste -dijo el ermitaño. 

-Bueno, fui a la montaña todas las noches con un plato de comida. Al 
principio me mantuve lejos, y me fui acercando poco cada vez, ganando 
la confianza del tigre. Le hablé con voz cariñosa y tranquilizadora 
para hacerle entender que sólo deseaba su bien. Fui paciente. Todas 
las noches le llevaba comida, sabiendo que no comería. Pero no cedí. 
Fui una y otra vez. Nunca le hablé con aspereza. Nunca le hice 
reproches. Y por fin, una noche dio unos pasos hacia mí. Llegó un 
momento en que me esperaba en el camino y comía del plato que yo 
llevaba en las manos. Le acariciaba la cabeza y él hacía sonidos de 
alegría con la garganta. Sólo después de eso le saqué el bigote. 

-Sí, sí -dijo el ermitaño-, domaste al tigre y te ganaste su confianza 
y su amor. 
-Pero tú arrojaste el bigote al fuego -exclamó Yun Ok llorando-. ¡Todo 
fue para nada! 
-No, no me parece que todo haya sido para nada -repuso el ermitaño-. 
Ya no hace falta el bigote. Yun Ok, déjame que te pregunte algo: ¿es 
acaso un hombre más cruel que un tigre? ¿Responde menos al cariño y a 
la comprensión? Si puedes ganar con cariño y paciencia el amor y la 
confianza de un animal salvaje y sediento de sangre, sin duda puedes 
hacer lo mismo con tu marido. 

Al oír esto, Yun Ok permaneció muda unos momentos. 
Luego avanzó por el camino reflexionando sobre la verdad que había 
aprendido en casa del ermitaño de la montaña. 

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